Gladiadores del Siglo 21: batalla entre colmillos

La sangre salía disparada como de una manguera. Manchaba el piso y los cuerpos de las peleadoras. El color rojo me producía asco, náusea, dolor. Y más dolor provocaba la mirada de “La Negra” –una perra, mezcla de American Pitbull “Torito” con Stafford-, cuando era humillada por “La Daisy” –una American Pitbull pura-, que se le fue directamente a la yugular medio minuto después de iniciar la batalla.

“La Negra” ladraba bravuconería desde su esquina. Observaba a su enemiga. Saltaba, y dejaba ver unas piernas musculosas. Su hocico se abría y brillaban unos colmillos ansiosos por clavarse en la piel contraria.

“La Daisy”, en cambio, prefería quedarse en el pequeño corral de madera donde dormía con sus retoños. Un par de semanas atrás, la perra había dado a luz a unos siete perritos. El padre, ‘El Veneno’, es un ejemplar American Pitbull color canela que ha peleado seis combates. El más largo, el tercero, duró casi 50 minutos aferrado a un Stafford.

“Tiene cinco peleas ganadas. La última la perdió y ya mero iba a morder el polvo”, dice Richard, el dueño de Veneno, de Daisy y de “La Negra””.

De polvo es el piso del cuadrilátero. Al movimiento de las patas caninas, la tierra se levanta en el patio trasero de una casa de ladrillo, madera y lámina, del oriente de Guadalajara, un sábado de mayo por la mañana.

“La Negra”, ansiosa. Es su primera vez. “La Daisy”, calmada. Lleva “trece perros ratoneros muertos” en su ficha técnica.

Las perras han sido soltadas. “La Negra” no escatima tiempo. Desde el primer segundo se abalanza contra “La Daisy”. Ésta, ni se mueve. “La Negra” queda frente al hocico de su contrincante. Pero nada, no sucede nada. Richard truena los labios y las acomoda de nueva cuenta. Mueve a Daisy y ésta queda a merced de “La Negra”.

Como un vampiro, la Pit Bull Torito entierra sus colmillos en el cuello. Daisy enfurece. A los trece segundos de confrontación, responde: un gran ladrido, una abertura de trompa y unos colmillos que buscan desesperadamente a “La Negra”. Se voltea, queda frente a su enemiga, sus patas se adhieren al piso y empuja para arrinconarla.

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Los cachorros están cerca. Ladran. Chillan. Quizá porque ven a su madre enfrentarse a otra perra. Pareciera que el sonido de sus hijos distrae a la mamá, que de repente se queda paralizada.

Richard vuelve a cucar a las perras. Las mueve. Frente a frente. Medio minuto marca el reloj. “La Daisy” corre hacia “La Negra”, sus fauces van hacia el cuello. Ahora sí, la muerde bien. Sus colmillos hacen una abertura en el cuello contrario. La sangre salpica. Las patas de “La Negra” apuntan hacia el cielo. Las patas de “La Daisy”, someten el cuerpo del otro animal.

Los dientes de “La Negra” logran colarse hacia el pellejo de “La Daisy”. Parecía que retomaba el control de la pelea. No. Daisy logra zafarse. Queda más libre y continúa el ataque.

Ha pasado un minuto. Los hocicos se traban entre sí. El de “La Daisy” está enclavado en la parte inferior de la trompa de “La Negra”. En el ambiente flotan los ladridos del “Veneno”, los aullidos de los cachorros y de cuatro french poodles callejeros, y los gruñidos de las perras.

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Dos de los espectadores pedíamos tirar la toalla. Pero Richard, quien fungió como referee, decía: “todavía tienen cuerda”.

La sangre era un parche rojo en el rostro de “La Negra”. Y su mirada, su mirada parecía decirme algo. Pedía a gritos (o ladridos) clemencia. Cuando los ojos del animal, se estacionaron en los míos, no pensé en otra cosa que sacarla de esa masacre. Me equivoqué. En un segundo, la perra sacaría fuerzas quién sabe de dónde para darle unos cuantos mordiscos a “La Daisy”.

Daisy, nombre de caricatura, sinónimo de guerra. Daisy, arriba todo el tiempo. Con sus colmillos le quita movilidad al cuello de “La Negra”; con su pata delantera derecha, calla los ladridos de la perra.

“La Negra” ha estado por los suelos todo el tiempo. Y el cuerpo de “La Daisy”, ha utilizado como cama el de su contrincante. Sus patas delanteras sofocan a “La Negra”. Como cuando alguien juega luchitas y pregunta: ¿Te rindes o quieres más?

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“La Negra” no da su pata a torcer. Parece que eso pone rabiosa a “La Daisy”. En un pestañeo, Daisy le da vueltas al cuello de su enemiga, como a los pollos los tuercen para matarlos.

“¿Se lo quebró?” Pensé. No, nada de eso. “La Negra” logra ponerse en cuatro patas. Como una garrapata, “La Daisy” va pegada al cuello. La sangre gotea. “La Negra” ha callado: no gruñe ni ladra, solo camina tambaleándose hacia un lado, hacia otro…como si estuviera borracha.

“¡Una cuchara!” grita Richard. Y le paso el cubierto mientras mi compañero toma del collar a “La Negra”. Los perros de frente, los hocicos entrelazados. Los colmillos se asoman por un lado y la cuchara entra para zafar a los dos animales.

La pelea ha terminado. “La Daisy” se va con sus cachorros que no paran de ladrar. “La Negra”, a su esquina, con la mirada hacia abajo. Se lame las heridas, bebe agua de un balde. El rostro empieza a inflamársele. La derrota, también.

Y la sangre, la  sangre se queda como una huella en el piso, vestigio de una perra batalla.

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“Quiero ser un American Pitbull”

“Cuando el perro ya no quiere y hace el feo, es cuando termina la pelea”, dice Richard, el dueño de “El Veneno”, “La Daisy”, “La Negra”, “La Crazy”, y de los que salgan de la “maquila”.

“La maquila” no es mas que la producción de cachorros American Pitbull. Richard, un albañil de unos 37 años, se dedica principalmente a este negocio. Hace poco “La Daisy” parió unos siete cachorros. Cada uno, Richard lo vende a mil pesos en el tianguis El Baratillo.

El padre de los cachorrillos es “El Veneno”, un American Pitbull. Es un animal hermoso. Grande. Color canela. Orejas cortadas. Trompa ancha. Ojos cafés. Músculos marcados. Richard Lo compró por 500 dólares en Los Ángeles, California. Por 50 dólares más, pudo cruzarlo en la frontera de regreso a México.

Es un perro con media docena de “topas” (peleas) en su historial. En la última, casi lo matan.image 130

Ya no lo pelea porque dice “es un perro educado e inteligente”, mientras “El Veneno” le da la mano a su dueño.

Hace nueve meses, en “El Baras”, llegó “un vato conocedor” que le ofreció once mil “varos” y un perro, a cambio de “El Veno”.

“¡Ah cabrón!”, exclamó Richard por tal oferta. No la aceptó.

Es que el animal es un miembro más de la familia. Los hijos de Richard juegan con él. El mismo Richard lo lleva a correr a la Barranca. Le da de comer croquetas y cocido con huesos. Y como un hijo más, carga en su cartera amarilla de Las Águilas del América, una foto del perro con unos lentes oscuros.

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Richard comenta que muchas de las topas se negocian en El Baratillo: “llega uno y reta a otro y le dice, vamos dándoles una topa; ahí salen clientes para todo, güeyes que se dedican a eso o que nomás quieren topar a sus animales”. En vivo y a todo color, la mayoría de las peleas son en la colonia Jalisco. Algunas más, en la Polanco. Otras, por la carretera a Chapala, cerca del “Bum Bum”, y hay quienes dicen que hasta en Santa Tere hay lugares para la topa.

La apuesta también es parte del show: “por lo menos unas 600, 700 bolas nomás por deporte”.

Y como toda “disciplina deportiva” la topa tiene sus reglas: “los perros te dicen cuando ya perdiste. Cuando empiezan a hacer el feo, o que se empiezan a zafar, son puntos menos para tu animal”.

En la zona de pelea se pintan dos rayas, una en cada lado del combatiente: “sueltan a los perros y si uno se adelanta y el otro se da la vuelta, ese ya perdió, así son las reglas”.

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Ya en batalla, las perras son mejores: “son más bravas, más corajudas, están nerviosas todo el tiempo”.

Después de la pelea, tanto ganador como perdedor tienen que ser atendidos: penicilina, polvo sulfatiazol y nada de sol, son las recomendaciones médicas para que no se inflamen tanto los animales.

“A los perros de pelea, necesitas darle una topa de vez en cuando para que se les baje el coraje, para que no sean bravos con la gente, para que se les calme el temperamento”, concluye el manager de “El Veneno”, “La Daisy”, “La Negra”, “La Crazy” y todos los que salgan de la “maquila”.

“Si tu fueras perro, ¿qué raza te gustaría ser?” Le pregunto.

“Uy pues así, como ‘El Veneno’, un American Pitbull”.

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Written by Mauricio Ferrer

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